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Mensaje  Lidia el Sáb Ene 03, 2015 10:42 pm

Parece la solución perfecta a muchos problemas. Si las microalgas necesitan del CO2 para vivir, ¿por qué no usarlas para capturar las emisiones de este gas de efecto invernadero? Enchufadas directamente a los aliviaderos de una central eléctrica, las microalgas proliferan gracias el dióxido de carbono. El círculo se cierra con la obtención de biomasa vegetal para acuicultura, cosméticos, energía y hasta la alimentación humana.

Con apenas siete años de historia, pero sobre la base del conocimiento generado durante cuatro décadas en las universidades de España, la empresa española AlgaEnergy ha explorado todas las posibilidades que ofrecen las microalgas. Hay más de 60.000 estirpes, aunque son muchas menos las que se pueden aprovechar para su uso industrial. Al ser la base de la alimentación de los peces, pues se trata del primer elemento de la cadena trófica en el agua, su primera utilidad es obvia: la acuicultura.

Pero con algo de imaginación y mucho I+D, estas algas microscópicas también pueden servir como biofertilizantes en la agricultura. Algunas especies, como la Spirulina y la Chlorella, empiezan a formar parte de la composición de cremas y lociones corporales. Ricas en proteínas (incluyen todos los aminoácidos esenciales), vitaminas, lípidos, carbohidratos y carotenoides, también empiezan a colarse en la dieta en forma de pastillas o zumos.
La empresa produce 40 toneladas de biomasa anuales, aunque el objetivo es llegar a las 100 toneladas en el año 2015.

Otra de sus grandes promesas, convertida en realidad en los laboratorios, es, mediante ingeniería genética, usarlas para obtener biocombustibles limpios e inagotables.

AlgaEnergy ya comercializa productos para la acuicultura, la agricultura, la cosmética y la nutrición. Pero su idea de lo que pueden hacer las microalgas va más allá. Hay que acelerar su crecimiento, y para ello qué mejor que darles una buena dosis de CO2. Como cualquier otro vegetal, estos organismos necesitan del dióxido de carbono para vivir. Así han convertido un problema, los altos niveles de este gas, en una solución.

En Arcos de la Frontera (Cádiz) tienen una planta donde cultivan microalgas. En el proceso de generación eléctrica, la fábrica emite grandes cantidades de CO2. Así que lo que han hecho los de AlgaEnergy es inyectar los gases de combustión a los cultivos de microalgas, para así convertirlo en un producto natural de interés comercial.

El proyecto, llamado CO2ALGAEFIX, está plenamente operativo desde mayo. Sobre una superficie de 10.000 m2, AlgaEnergy desplegó una planta de cultivo de microalgas con capacidad para un millón de litros de líquido verde, que de momento produce 40 toneladas de biomasa anuales, aunque el objetivo es llegar a las 100 toneladas en el año 2015.

Para hacerse una idea, las estimaciones de la empresa muestran que la planta de Arcos de la Frontera puede capturar unas 200 toneladas anuales de CO2. En la naturaleza, se necesitaría una treintena de hectáreas pobladas con unos 26.000 árboles para fijar la misma cantidad.

“La biomasa obtenida se centrifuga, y después puede liofilizarse o congelarse”, explica el responsable de desarrollo de negocio de la empresa, Carlos Rodríguez-Villa. “En función de la aplicación comercial a la que se destine, se puede extraer algún compuesto de interés, o suministrar la biomasa como producto final”, añade.

Los números salen. Las microalgas son el fijador biológico más eficiente y rentable del CO2. Por cada dos kilogramos de dióxido de carbono que toman las microalgas, se produce uno de biomasa.
Las microalgas son el sistema natural de captura y fijación de CO2 más eficiente del planeta

“Estamos en conversaciones para establecer más plantas de este tipo en otros países, ya que ofrecemos proyectos llave en mano. Las microalgas son el sistema natural de captura y fijación de CO2 más eficiente del planeta, y como nuestra tecnología es fácilmente escalable, despertamos el interés de otros emisores de CO2”, comenta Rodríguez-Villa.

AlgaEnergy también ha llamado la atención de la Unión Europea. Recientemente ha sido seleccionada por la Comisión Europea como una de las 155 pymes con mayor potencial de crecimiento en Europa, y la única empresa de microalgas seleccionada entre miles de candidaturas.

Es, además, la única compañía de microalgas que forma parte del consorcio europeo Bio-based Industries Consortium (BIC), impulsado por la Comisión Europea. Con un presupuesto de 2.000 millones de euros, busca un modelo sostenible que lleve a Europa a la era pospetróleo. Y las microalgas tendrán ahí su papel.

Lidia

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Re: NOTICIAS INTERESANTES

Mensaje  Lidia el Dom Mayo 03, 2015 10:07 pm

Por Emma Rodríguez © 2015 /

Denomina Jorge Riechmann al siglo XXI como “el siglo de la gran prueba” o como “la era de los límites”. Nos dice que “estamos consumiendo el planeta como si no hubiera un mañana”; que “lo que hace falta son transformaciones estructurales profundas, casi revolucionarias” y que ya no podemos confiar en que será la generación de nuestros nietos la que las lleve a cabo, porque estamos en “tiempo de descuento”. Todo esto nos lo cuenta en Autoconstrucción, uno de esos libros que funcionan como un aldabonazo en las conciencias, que sacuden el letargo y conducen a plantear la gran pregunta: ¿Estamos aún a tiempo de salvar el planeta? Es un interrogante que el propio autor abre una y otra vez en en el recorrido de un ensayo esclarecedor que nos invita a tomar conciencia de la urgencia de la lucha ecológica, de la necesidad de avanzar lo más suavemente que se pueda hacia sociedades de la sobriedad, de la contención, de otro tipo de realizaciones y plenitudes no asociadas a la adquisición constante de pertenencias, de propiedades, de productos de consumo.

Profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista, miembro de Ecologistas en Acción y desde hace poco del Consejo Ciudadano de Podemos, Riechmann va desgranando un buen puñado de verdades, de reflexiones incómodas, pero absolutamente necesarias, en esta Autoconstrucción, subtitulada La transformación cultural que necesitamos, que nos anima a pensarlo todo de otra manera, a encontrar nuevas palabras, nuevos vínculos, nuevas imágenes para situarnos frente a un presente de resquebrajamientos y de oportunidades de cambio. “Jamás se había hablado tanto sobre las desigualdades sociales, jamás se había hecho tan poco para reducirlas… Nunca se había hablado tanto los daños ecológicos, y nunca se ha hecho tan poco para delimitarlos”, leemos muy al comienzo de un libro que traza un magnífico diagnóstico de dónde estamos y hacia dónde podemos dirigirnos.

El autor es consciente de que el pesimismo no está de moda, de que el continuo estímulo del pensamiento positivo se puede llegar a convertir en una conveniente cortina de humo, de que a muchos se les llena la boca con la palabra “buenismo” para definir cualquier propósito de solidaridad, de compasión, de cooperación, de igualdad, de que los ecologistas son vistos en muchas ocasiones como catastrofistas y agoreros dispuestos en todo momento a chafar una fiesta en la que muchos siguen pasándolo bien, a costa de mayorías cada vez más empobrecidas e indefensas. Todo parece estar en contra, pero no cabe la resignación, la no resistencia. “Hay esencialmente dos opciones político-morales. La de quienes desean un mundo de amos y esclavos, por una parte; y la de quienes luchan por un mundo de iguales. Al poder del dinero y de las armas, el segundo grupo solamente puede oponer la fuerza de la organización”, abre Riechmann un cauce de futuro.

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

No deja de haber autocrítica en el trayecto y tampoco falta el realismo, grandes dosis de realismo que parten de la constatación de las dificultades, de los enormes retos. Y, por supuesto, se revelan hechos y se ofrecen datos, hechos y datos que hablan por sí solos y que, nos guste o no, indican que el rumbo no es el adecuado. Así, el cambio climático que nos conduce a un mundo cuatro grados centígrados más cálido, según predicciones muy optimistas, pero ante el que tantos siguen quitando importancia en nombre de intereses empresariales, intereses que obstaculizan la necesaria disminución de los gases de efecto invernadero. Así, la escasez de fuentes de energía fósiles, que lleva a la agonía de un modelo que se alarga artificialmente, vía prácticas como el fracking, en vez de apostar por invertir en el camino de las renovables.

“Hay esencialmente dos opciones político-morales. La de quienes desean un mundo de amos y esclavos, por una parte; y la de quienes luchan por un mundo de iguales. Al poder del dinero y de las armas, el segundo grupo solamente puede oponer la fuerza de la organización”, escribe Riechmann en Autoconstrucción.

Mientras las capas de hielo ártico desaparecen, mientras el proceso de la fotosíntesis se está viendo afectado en zonas con altos niveles de contaminación, mientras las abejas se ven amenazadas, mientras… seguimos pensando que habrá tiempo, que la técnica será capaz de solucionarlo; que llegará un día en que volveremos a la normalidad de un modo de vida que nos parece el mejor posible. ¿Cómo convencernos, habitantes del Primer Mundo del siglo XXI, de que ya no volveremos a la normalidad de antes de la crisis, de antes de la amenaza ecológica; cómo convencernos de que es necesario cambiar la orientación y las estructuras del sistema para seguir viviendo bien, e incluso mejor, pero con otros parámetros?

He aquí las cuestiones que plantea Jorge Riechmann en Autoconstrucción (Ediciones Catarata). Son muchas las salidas que ofrece este libro, pero lo esencial es su llamamiento a un cambio de conciencia, de valores, de usos y costumbres. “La economía es una construcción humana. Las leyes económicas no son como la ley de la gravedad. Pueden ser transformadas (…) Pero para ello la gente ha de cambiar de conducta”, se utiliza como arranque de un capítulo este párrafo-lema extraído del informe de un centro de estudios económicos. Hay en el ensayo reflexiones sobre el papel cada vez más activo de los consumidores –consumidores rebeldes–; sobre la cultura como base de la comprensión de los cambios; sobre los movimientos sociales que deben convertirse en la base de las nuevas sociedades… “Hemos de vivir de otra manera”, es la frase que cierra el libro. Pero aquí, lejos de cerrar, empezamos con la conversación.

– ¿En qué punto se encuentra el movimiento ecologista hoy a nivel global? ¿Cuáles son sus expectativas?

– Si lo analizamos con perspectiva, el movimiento ecologista moderno, como tal, es muy reciente. Surge en los años 60 del siglo XX, aunque el pensamiento ecológico arranca de más atrás, de antecedentes tan ilustres como Thoreau, a quien releemos con mucho interés, o, antes, Alexander von Humboldt, que tanto contribuye en la creación de la ciencia ecológica, de la biología de los ecosistemas. Ahí están las raíces, pero hay que dar un salto hasta llegar, en 1962, a un hito importantísimo, una obra clásica de la conciencia ecológica, La primavera silenciosa, de Rachel Carson. En ese año se empiezan a poner en marcha dinámicas sociales, políticas, intelectuales, culturales, que conducen a algunas sociedades, dentro de procesos muy contradictorios, a emprender un nuevo aprendizaje de los modos de vida. Y ya en 1972 nos encontramos con otra aportación esencial, el estudio Los límites del crecimiento, el primer informe del Club de Roma, que pone en marcha un debate de alcance mundial a partir del cual ya empiezan a circular los lemas básicos, las consignas del ecologismo sobre la necesidad de conformar una conciencia de especie en las singulares condiciones históricas que nos ha tocado vivir. Ese proceso de aprendizaje social se rompe a finales de los años 70 y comienzos de los 80, con la irrupción de la fase última de la historia del capitalismo, el capitalismo neoliberal financiarizado. A esos decenios, a esa etapa en la que aún estamos inmersos, yo la denomino a veces la era de la denegación, porque hay fuerzas muy poderosas que, lejos de impulsar el aprendizaje, están trabajando en sentido contrario.

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

– Denegar es un verbo que utilizamos muy poco y que explica muy bien lo que está sucediendo. A los pueblos cada vez se les niega más lo que desean. Las democracias se están vaciando cada vez más de sentido.

– Denegar es un término que usan los psicólogos y psicoanalistas para referirse a ese fenómeno que no consiste sólo en ignorar algo sino en hacer un esfuerzo por no ver lo que tenemos delante de los ojos. Yo creo que ha habido, que hay mucho de eso, en la cultura dominante durante los tres últimos decenios. Es indudable que hay un permanente negacionismo si hablamos de fenómenos como el calentamiento climático, del mismo modo que lo hubo anteriormente con respecto al cáncer ocasionado por el tabaco. Y es indudable la eficacia de los esfuerzos organizados por el sector empresarial para expandir toda la tinta de calamar y toda la desinformación posible con el fin de impedir que se tomen las decisiones correctas. Ahora mismo, más allá de circunstancias concretas, tendríamos que referirnos a un negacionismo mucho más vasto que se refiere a todo lo que tiene que ver con los límites al crecimiento, y eso es mortal porque nuestra situación, nos pongamos como nos pongamos, es la que es. Las leyes de la naturaleza, de la física, de la química, de la dinámica de los seres vivos, son las que son, no vamos a cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones a ese respecto, y el conflicto esencial que se plantea, que estaba en ese debate de los años 60 y 70, es el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos del planeta, que se ha ido agravando y agudizando cada vez más. Si usamos la herramienta efectiva de la huella ecológica, hacia 1980, fue cuando ésta superó la biocapacidad del planeta para seguir creciendo después. Según los investigadores, ahora estamos en el 150% de la capacidad del planeta. Y esa situación no durará demasiado, porque estamos, como se dice a veces, consumiendo el capital, no los intereses, empleando en este caso la habitual metáfora financiera. Estamos sobreexplotando los recursos y las capacidades de absorción de contaminación, de una forma que es insostenible. Parece que consumimos el planeta como si no hubiera un mañana.

Denegar es un término que usan los psicólogos y psicoanalistas para referirse a ese fenómeno que no consiste sólo en ignorar algo sino en hacer un esfuerzo por no ver lo que tenemos delante de los ojos. Yo creo que ha habido, que hay mucho de eso, en la cultura dominante durante los tres últimos decenios. Es indudable que hay un permanente negacionismo si hablamos de fenómenos como el calentamiento climático, del mismo modo que lo hubo anteriormente con respecto al cáncer ocasionado por el tabaco.

– “El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo”. Así se titula un epígrafe del ensayo donde se hace referencia al rotundo fracaso de la cumbre de Copenhague en 2009, una cumbre donde se aspiraba a lograr un acuerdo global de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, que sustituyese al Protocolo de Kioto. Ahora estamos a la espera de una nueva reunión en París en diciembre de este 2015. Parece que los límites son absolutamente incompatibles con el capitalismo salvaje.

– Así es. Hacia 1980 fue cuando ganaron las elecciones generales Margaret Thatcher en Gran Bretaña y posteriormente Ronald Reagan en EE.UU. Ahí tenemos que fijar el desplazamiento del mundo hacia una derecha conservadora, que ha sido hegemónica desde entonces, y que ha resultado letal en lo que se refiere a las cuestiones económico sociales. Hacia 1980 se puso en marcha el proceso de desregulación financiera y comercial. Hasta entonces, las economías, el crecimiento del capital y de los activos financieros iban acompasados al crecimiento de lo que llamamos economía real, pero a partir de ahí se rompió el equilibrio, todo se abrió en forma de tijera y lo financiero comenzó a crecer de manera metastásica y a dominarlo todo. Es ahí donde nos encontramos ahora. Esa es la situación. Si no somos capaces de romper con esa clase de políticas y con las culturas que las acompañan, lo tenemos realmente difícil.

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

– Mientras leía el libro pensaba que la educación es básica para la toma de conciencia. Aludes a la importancia que en su día tuvo en España la Institución Libre de Enseñanza, a finales del XIX y principios del XX, en la redefinición de la relación entre sociedad y naturaleza, así como al naturismo anarquista por el lado obrero. Pero hoy, ¿cómo hacer entrar la ecología en los colegios?

– Por supuesto que tendría que ser la educación una de las vías naturales para difundir la conciencia ecológica, pero aquí, nuevamente, nos topamos con lo mismo: la dinámica social en la que estamos, lejos de educarnos, de construirnos, para hacernos ver la verdad del mundo en el que vivimos, va en la dirección contraria. Podríamos decir que es contra educativa en muchos sentidos. Por eso no es tan fácil de llevar a cabo algo que parece tan simple. Sin ir más lejos, puedo decirte que yo formo parte de la comisión de educación y participación de Ecologistas en Acción en Madrid y que, justamente, una de nuestras tareas es hacer avanzar estos planteamientos en el terreno educativo. Uno de los trabajos más fecundos del colectivo fue, hace ya unos años, examinar lo que se podría llamar el currículum oculto de los libros de texto. Si uno se dedica a ver con cierto detalle cómo están escritos los manuales de consulta de ciencias naturales, de ciencias sociales, que es donde tendrían que entrar esta clase de enseñanzas, lo que encuentra, en muchos casos, es prácticamente todo lo contrario: más desinformación que información, puntos de vista adversos al verdadero aprendizaje de cuidar, de vivir de verdad en esta tierra. En esa dinámica en la que estamos ahora mismo, nos encontramos con comerciales de los bancos que van a los colegios a enseñar educación financiera y se ve como normal porque esa es la cultura dominante en la sociedad. A la contra, parece que lo que los ecologistas decimos no quiere ser oído porque se trata de una realidad incómoda, porque hacernos cargo de donde estamos realmente nos obligaría a vivir de otra manera, a organizar casi todo de una forma diferente. Una y otra vez, insisto, chocamos de manera muy inmediata, muy frontal, con intereses poderosísimos. Pero no quiero instalarme en la queja permanente. Pese a toda esa resistencia, pese a tantos obstáculos, hacemos lo que podemos. Yo soy profesor en la universidad y hablo de todo esto a mis alumnos universitarios, y, además, acabo yendo, por lo menos tres o cuatro veces al año, a hablar con escolares y con bachilleres; hay otros compañeros y compañeras que lo hacen con más asiduidad. Pero se llega a donde se llega. Ecologistas en Acción, por ejemplo, es una asociación participativa que tiene aproximadamente unos mil afiliados en Madrid, gente que paga una cuota y que puede hacer una pequeña tarea de vez en cuando. Si pensamos que en una comunidad autónoma como la de Madrid hay seis millones de personas, es una cifra muy baja. Y los activistas no somos más de 60 personas, apenas 10 dedicados a la comisión de educación. Ecologistas en Acción se autofinancia. Los recursos con los que contamos son las cuotas de los afiliados. Ha habido alguna vez algún programa concertado, pero las administraciones, especialmente en esta comunidad autónoma y con el gobierno que hay ahora mismo, no sólo son no cooperativas, sino absolutamente hostiles.

En la dinámica en la que estamos ahora mismo, nos encontramos con comerciales de los bancos que van a los colegios a enseñar educación financiera y se ve como normal porque esa es la cultura dominante en la sociedad. A la contra, parece que lo que los ecologistas decimos no quiere ser oído porque se trata de una realidad incómoda, porque hacernos cargo de donde estamos realmente nos obligaría a vivir de otra manera, a organizar casi todo de una forma diferente.

– ¿Se ha fracasado a nivel general, no sólo en España, en la comunicación, en la difusión? Se habla mucho de ecología, en ciertos ámbitos está muy de moda, se ha superficializado incluso, pero la verdadera conciencia ecológica no ha llegado a la gente.

– Quiero hacer hincapié en un aspecto que me parece muy importante y que nos lleva a la pregunta anterior, a la educación. El título del libro, Autoconstrucción, que en griego podríamos decir paideia, educación en un sentido amplio, es una llamada a que no entendamos la educación sólo como el aprendizaje que se imparte en las escuelas, los institutos y luego en las universidades. Los contextos educativos son los contextos sociales generales, y yo creo que la manera de autoconstrucción, de autoformación, de educación, de paideia más importante para todo lo que estamos hablando, sin menospreciar la educación ambiental en sentido estricto y formal, es la que se da en los movimientos sociales. Es ahí donde la gente se autoorganiza para actuar y, mientras lo hace, aprende en el recorrido. Lo que sucede es que, mientras en los años 70 y 80 esa clase de procesos iban hacia adelante, pese a todas las dificultades, desde entonces, parecen no avanzar porque hay muchos intereses y mucha desinformación en el camino. Y, por otro lado, de manera contradictoria, la gente está como saturada y harta de que le hablen de ecología. Ese fenómeno también lo recojo en algún momento del libro. Hay hasta un término que han acuñado los sociólogos, la ecofatiga, para describirlo. Efectivamente, como bien indicas, hay mucha cháchara, mucho marketing verde, mucha propaganda, mucho uso de imágenes, estilemas, apropiación de contenidos. Ahora la Unión Europea está hablando de economía circular. Se utilizan conceptos que vienen del movimiento ecologista y que han sido apropiados, transformados en otra cosa. Sustentabilidad o sostenibilidad, por ejemplo, son nociones que vienen del mundo ecológico, pero cuando un presidente o un consejero delegado de una gran empresa habla de desarrollo sostenible, en el 99% de los casos está transformando en su contrario lo que inicialmente fue el sentido del término. Todo eso lleva a una situación de muchísima confusión, en la cual la gente tiene muchas veces la impresión de que todo el tiempo se está hablando de ecología, de que se hacen cosas que están muy cerca de quienes pueden manejar palancas de poder. Hay muchísima propaganda, muchísima moda alrededor que lo desvirtúa todo. Se publican revistas que nos venden el concepto de la buena vida, pero que están llenas de anuncios a toda página de grandes empresas energéticas. Eso es lo que metaboliza como ecología la cultura dominante y resulta muy perjudicial, porque, por supuesto, no tiene nada que ver, está muy alejado de lo que debería ser, de lo que nos tocaría hacer.

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

– En su momento nos ilusionaron los verdes alemanes. Parecía que podían hacer girar los acontecimientos en otra dirección, pero ahora tienen un perfil más bajo.

– Bueno, ese es un asunto complejo. Yo escribí mi tesis doctoral sobre los verdes alemanes hace muchos años. ¿Qué ha pasado ahí? De nuevo no podemos entenderlo sin ver lo que ha sido el potentísimo despliegue de la política neoliberal en la que estamos inmersos y sin analizar a fondo como nuestras sociedades han ido yendo hacia la derecha, hacia la derecha, hacia la derecha, sin ser, muchas veces, del todo conscientes. Hay un fenómeno que los psicólogos sociales tienen muy bien estudiado y que denominan los puntos de referencia cambiantes. Cuando una sociedad entera se desplaza en cierta dirección poco a poco, de manera que todo -las instituciones, los valores, las gentes-, va moviéndose al mismo tiempo, en el mismo sentido, la sensación puede ser que nada se mueve, que está uno básicamente en el mismo punto, pero los cambios pueden ser brutales. Esto se ha estudiado, por ejemplo, en relación a la Alemania de los años 30. A medida que todo iba llevando al estado nazi que conocemos, desde dentro, a mucha gente le parecía que no pasaba nada importante, porque todo se iba desplazando al mismo tiempo en la misma dirección. Yo creo que aquí también ha pasado algo parecido. Los verdes alemanes, que son el partido ecologista más interesante que ha surgido hasta el momento, el experimento sociopolítico más importante, tuvo en sus inicios un componente dominante de izquierda, aunque siempre muy mezclado con el centro e incluso la derecha, pero, coincidiendo con el paso al neoliberalismo, y pese a haber crecimiento y éxitos electorales, ese ala de izquierda del partido va siendo marginada y en parte lo acaba abandonando. A medida que la sociedad fue avanzando hacia la derecha, también los arrastró a ellos en la corriente. Una y otra vez nos tropezamos con lo mismo. No podemos de verdad ecologizar esta sociedad sin chocar frontalmente con el capitalismo. Si queremos ir hacia una economía ecológica hacen falta rupturas con el capitalismo y eso son palabras mayores. Y, por otra parte, ahora mismo hay que plantearse seriamente la siguiente pregunta: ¿Qué es la izquierda hoy? Seguimos hablando por inercia de partidos socialdemócratas, por ejemplo, cuando a un socialdemócrata de los años 20, 30 o 40, si viera qué tipo de políticas o de discursos adopta la gente que así se sigue llamando, se le erizaría todo el vello de la piel. La socialdemocracia de Tony Blair o de Rodríguez Zapatero no tiene nada que ver con lo que fue históricamente la socialdemocracia. Pero, volviendo a lo de antes, el ecologismo tomado en serio es anticapitalista y eso es bien fuerte, porque dónde hay políticas anticapitalistas ahora en nuestras sociedades. Son absolutamente minoritarias. En ese escenario es donde hay que situar la deriva de los ecosocialistas alemanes, de todas esas corrientes o personas que abandonaron, al final cansadas, el partido en la década de los 80. Desde mediados de los 90, la descripción politológica correcta de los verdes alemanes sería la de ecoliberales con un mayor grado de sensibilidad social. Eso mismo sirve para otros partidos verdes europeos.

Hay mucha cháchara, mucho marketing verde, mucha propaganda, mucho uso de imágenes, estilemas, apropiación de contenidos. Hay muchísima propaganda, muchísima moda alrededor que lo desvirtúa todo. Se publican revistas que nos venden el concepto de la buena vida, pero que están llenas de anuncios a toda página de grandes empresas energéticas. Eso es lo que metaboliza como ecología la cultura dominante y resulta muy perjudicial, porque, por supuesto, no tiene nada que ver, está muy alejado de lo que debería ser, de lo que nos tocaría hacer.

– ¿Y en España? Equo parece conformarse con un discreto segundo plano.

– La historia española es una historia muy distinta por la singularidad de la dictadura. La articulación de ese espacio político ha sido bastante compleja y, al final, en parte por errores propios, en parte por la ocupación de ese territorio por otras formaciones como Izquierda Unida, la cosa ha ido como ha ido. Equo ha aparecido ya muy tarde y hay cosas muy valiosas, pero ojalá tuviera más fuerza. Con mucha frecuencia nos planteamos qué es lo que hemos hecho mal, qué errores hemos cometido, y, sin duda los hay; hay errores propios en los últimos 30 años que pueden explicar circunstancias desfavorables, pero no nos equivoquemos. Lo principal no es tanto lo que hayamos podido hacer mal, sino el poder brutal y en aumento que nos hemos encontrado delante. Y vuelvo al dato de antes: en la comunidad autónoma de Madrid somos 50, 60 activistas a lo sumo, en una asociación como Ecologistas en Acción, en un entorno de seis millones de personas. Esa es la lamentable situación, la acusada desproporción de fuerzas.

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

– Sin embargo, el caso español es muy curioso. Desde el 15-M, la rapidez a la que se ha producido todo es espectacular. En el libro hablas de la ilusión que ha generado la irrupción de un partido como Podemos. ¿Hacia dónde puede ir esa ilusión y hasta qué punto en Podemos tiene peso la preocupación ecológica, la conciencia de los cambios que será necesario acometer y explicar a la gente? No parece que se marque demasiado el acento por ahí.

– En España han cambiado muchas cosas para bien, sobre todo el despertar de parte de la sociedad a partir del 15-M. Pero tampoco debemos sobreestimar eso. Uno de los lemas, consignas, incluso micropoemas que se escribían en Sol y en muchas plazas de otras ciudades españolas, el mes de mayo de 2011, era: “dormíamos y hemos despertado”. Esa frase, con todas sus variantes, expresa algo muy valioso. La sociedad española ha ido abriendo algo los ojos en medio de la narcosis generalizada en la que estamos. Y, aunque lo parezca, eso tampoco surgió de la nada. No es que antes no hubiera movimientos sociales y de repente aparecieran por arte de magia. Muchos de esos movimientos arrancaron de atrás, de la dinámica de los foros sociales mundiales, del espíritu del alzamiento neozapatista en México en 1994 y, sobre todo, después, del quebranto que provocó la crisis económica y financiera, lo que hizo que se dieran condiciones para que sectores cada vez más amplios de la población empezaran a ver con mayor claridad el mundo en el que estamos. Pero, con todo, hay que intentar ver las cosas con cierta perspectiva. Yo estoy metido de cabeza en todo esto. Me presenté con otros compañeros al Consejo ciudadano autonómico de Podemos y, junto con otra mucha gente, ahora estoy trabajando en la redacción del programa autonómico para Madrid, donde me ocupo de las cuestiones ecológico sociales. Por eso no lo veo como algo ajeno, puedo hablar del proceso en primera persona y puedo decir que hay sectores que tienden a sobrevalorar algunas de las cosas que han ido sucediendo, que hay mucha gente joven que tiene una confianza plena en la capacidad movilizadora de las redes sociales, algo en lo que yo soy mucho más escéptico. Recuerdo, por ejemplo, una conversación con uno de los activistas de Acampada Sol, alguien metido muy de lleno en lo que había sido la acampada en Sol y el 15-M. Su conclusión era que se había conseguido politizar a cinco millones de personas. Y yo reflexiono: Si de verdad hubiéramos politizado en serio a cinco millones de personas, ya estaríamos en otro contexto electoral y político. Hay cambios muy importantes y hay posibilidades de ruptura, pero ya veremos hasta dónde se llega. Yo de lo que estoy convencido es de que lo que nos haría falta es una sociedad que dejara de actuar básicamente como espectadora, espectadora a través de pantallas pequeñas, de pantallas grandes, dándole a “me gusta” aquí y allá. Una cosa es que una encuesta demoscópica te diga que el 80% de la sociedad española muestra su simpatía por esta gente joven, que ha acampado en las plazas, y otra cosa son los resultados a partir de las convocatorias electorales, las posibilidades reales de impulsar cambios en la sociedad. Ahí tenemos las elecciones andaluzas y ahora toca ver que tal se dan las autonómicas y municipales… Insisto: debemos pedir democracia real ya, pero nos tenemos que dar cuenta de que eso no es posible sin que muchísima gente eche muchísimas horas de trabajo desgastante, disciplinado y cotidiano en distintos contextos. Una democracia de espectadores es una contradicción en los términos. Democracia real quiere decir mucha gente echando mucho tiempo en organización, formación, lucha política, actividad disciplinada. Es en ese espacio donde se dan perspectivas interesantes. Lo que está sucediendo en Grecia, lo que nos está permitiendo ver de la posibilidad de actuar de otra manera no hegemónica y, a la vez, del comportamiento de la UE, es muy interesante. Y lo que tal vez pase aquí tiene, desde luego, un valor grande, pero, al mismo tiempo, debemos dimensionar muy bien todo esto para no llamarnos a engaño y darnos el batacazo. Es un poco lo que pasó en Andalucía. Si lo pensamos bien quince diputados alcanzados en tan poco tiempo de trayecto, no está nada mal, pero se ha recibido como una especie de derrota. No hay que hacerse demasiadas ilusiones sobre el nivel de politización real. Cuántas veces oímos, por parte de sociólogos y politólogos, que hay una mayoría social de izquierda. Eso da lugar a muchas ilusiones, pero calma; pensemos en la gente que de verdad es consciente del tipo de confrontación que hace falta para cambiar de verdad las cosas..

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

– Los cambios de valores, de conciencia, suelen ser procesos lentos. Como dice Julio Anguita, el político debe tener la paciencia del campesino. En Grecia, el trayecto de Syriza fue largo…

– Sí, pero también es verdad que la velocidad de la historia no es siempre lineal, que también se dan aceleraciones, cambios mucho más rápidos. Eso es posible y ahí el drama, que sólo una parte muy pequeña de la sociedad ve por este negacionismo generalizado sobre las cuestiones ecológicas del que hablábamos antes, es que la historia ya no va a ser lo que era. El drama es que ya no tenemos mucho tiempo para evitar peligros enormes. Estamos en tiempo de descuento y eso es lo que mucha gente, sensible ahora a cuestiones de desigualdad social, democratización en sentido amplio, lucha contra la corrupción, no acaba de asimilar. Ante la cuestión del abismo ecológico social son conscientes sectores aún muy minoritarios. Hemos dicho: “Dormíamos, pero hemos despertado”. Ahora nos hace falta despertar todavía bastante más.

Lo que nos haría falta es una sociedad que dejara de actuar básicamente como espectadora, espectadora a través de pantallas pequeñas, de pantallas grandes, dándole a “me gusta” aquí y allá. Una cosa es que una encuesta demoscópica te diga que el 80% de la sociedad española muestra su simpatía por esta gente joven, que ha acampado en las plazas, y otra cosa son los resultados a partir de las convocatorias electorales, las posibilidades reales de impulsar cambios en la sociedad.

– Hablábamos de Grecia, un pequeño bastión en medio de la homogeneización. Por una parte, es esperanzador que haya gobiernos que planten cara, que nos hagan ver lo que se esconde detrás de la mal dirigida austeridad, pero también produce bastante frustración ver que las democracias no funcionan, que el poder, el sistema, no permite impulsar políticas de rescate social urgentes. La deuda, una deuda ilegítima en gran parte, es la gran prioridad de la Unión Europea.

– Así es. Y ya vemos qué políticas son las que nuestros vecinos griegos están intentando impulsar. Son medidas propias de lo que fue la socialdemocracia hasta hace muy poco. Esto es lo que nos debería hacer ver el mundo en el que estamos, la brutal dirección hacia la derecha que hemos tomado. Las políticas que está proponiendo Syriza no suponen ninguna ruptura revolucionaria. Se trata de introducir un poco de justicia social, que fue lo que defendió hasta hace poco la socialdemocracia. Y, sin embargo, todos esos partidos que siguen llamándose socialdemócratas, permanecen impasibles, apoyan todo lo contrario a lo que fueron sus principios. Es una gran paradoja.

– La crisis ha abierto ventanas de transparencia, ha hecho que volvamos la vista hacia los derechos humanos. El derecho al trabajo, al techo, a la salud y la educación, están en la primera línea de las reivindicaciones, pero en lo que respecta a las amenazas del planeta pensamos que habrá tiempo, que no es la prioridad.

– Bueno, eso es comprensible en un país como éste por la quiebra que se ha producido, por el nivel de desempleo tan elevado que tenemos. Hemos ido aguantando por los distintos colchones sociales que han amortiguado la caída, pero el hambre y la desnutrición han vuelto a aparecer. El error es no ver como todas esas cuestiones están conectadas con las preocupaciones ecológicas. Pensar, como han formulado también en ocasiones amigos y compañeros, que lo que toca ahora es dar de comer a la gente y aplazar lo otro, que ya vendrá el tiempo de resolverlo, es un error. Somos ecodependientes e interdependientes. No se puede organizar una economía viable sin tener en cuenta las amenazas ecológicas en las que ya estamos y que todavía van a agudizarse mucho más. Y eso no es algo optativo. Lo vamos a aprender por las buenas o por las malas. Estamos ya en tiempos de descenso energético. Las sociedades industriales se han desarrollado de forma explosiva gracias a un chute de combustibles fósiles y lo que tenemos ahora es un capitalismo fosilista, adjetivo que no deberíamos olvidar. Sin ese chute de energía, de esa bioenergía acumulada durante cientos de millones de años en forma de carbón, petróleo, gas natural, que nosotros nos hemos puesto a sobre consumir de manera bastante inconsciente e irresponsable en estos dos siglos últimos, el mundo no sería como es y nuestras sociedades no se hubieran deformado tanto en ciertas dimensiones como lo han hecho hasta ahora. Sea como fuere, esta es la historia de nuestros dos últimos siglos y eso se acaba. No va a seguir existiendo la posibilidad de sobreconsumo energético que ahora tenemos y que nos sigue pareciendo normal. Sabemos por distintos estudios e investigaciones que para funcionar con economías viables y con cierta justicia global, es decir, en un mundo relativamente igualitario, sin esa quiebra brutal entre Norte y Sur, mirando a los más desfavorecidos del planeta, los países enriquecidos, incluyendo al nuestro, que, pese a la situación actual, globalmente sigue formando parte de ese norte enriquecido, tenemos que reducir el uso de energía y materiales en nueve décimas partes. ¿De qué manera se hace eso? Pues hay cosas que se pueden hacer sin perturbar tanto el orden existente, pero todos los cambios importantes suponen un choque frontal contra el funcionamiento de las estructuras actuales. Uno puede organizar una economía que satisfaga adecuadamente las necesidades humanas de esa enorme población que somos ahora, de más de 7.200 millones de personas, con las reducciones de energía y materiales necesarias, con los consiguientes impactos asociados, pero eso no puede ser una economía capitalista, de crecimiento constante y de generación continua de supuestas nuevas necesidades. Tiene que ser otra cosa.

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

– ¿Algún ejemplo? ¿Algo por lo que se pueda empezar a actuar ya?

– Como te decía, se pueden dar algunos pasos. Recientemente, por ejemplo, dimos una charla formativa en el círculo de Podemos en Retiro sobre basuras y residuos. En ese terreno, en el de la gestión de los residuos sólidos en los recintos urbanos, se le puede dar la vuelta yendo hacia un modelo deseable, con muchas ventajas sobre el actual, sin topar más que con los intereses, en este caso, de las grandes constructoras que tienen su división de gestión de basuras y se hacen con las contratas de los ayuntamientos. Chocaríamos contra ese poder económico, pero casi nada más, para alcanzar la alternativa del modelo de residuo cero, que está articulado y ya está funcionando en muchos pueblos y ciudades de Europa, incluyendo urbes grandes como Milán. De esta manera, siguiendo el ejemplo de pueblos que ya lo hacen también en España, en Cataluña, en el País Vasco y en Baleares, en Madrid pasaríamos a tener una gestión adecuada, recuperando y reciclando adecuadamente. Esto se puede hacer y ojalá que tengamos la oportunidad, pero los residuos sólidos urbanos son un pequeño porcentaje del problema general de residuos en nuestra sociedad. Se trata apenas del tres o cuatro por ciento, el resto son residuos industriales, de construcción. Entra en juego la economía entera. Para actuar en todos esos ámbitos, para introducir modificaciones, se necesitan otras estructuras económicas, otra forma de funcionamiento. Hoy podemos dar algunos pasos, fuera del sistema dominante en el que estamos, pero sabemos que sin momentos de ruptura muy importantes, no podrán cambiar las cosas que de verdad tienen que hacerlo.

Se puede organizar una economía que satisfaga adecuadamente las necesidades humanas de esa enorme población que somos ahora, de más de 7.200 millones de personas, con las reducciones de energía y materiales necesarias, con los consiguientes impactos asociados, pero eso no puede ser una economía capitalista, de crecimiento constante y de generación continua de supuestas nuevas necesidades. Tiene que ser otra cosa.

– Una y otra vez te refieres en el libro al credo del Mercado. Un credo que será necesario derrumbar. ¿No crees que su resquebrajamiento ya ha empezado?

– Sin duda. De todas las cosas buenas que nos han pasado en estos últimos años es fundamental la apertura de los discursos públicos, a todos los niveles. En los últimos cuatro años, de repente nos hemos visto en el metro o en el autobús hablando entre nosotros del funcionamiento del mercado financiero, de la deuda pública, de los servicios sociales. Eso es nuevo y es positivo, claro que sí. Pero a su lado está, por ejemplo, el anulamiento de algunos sectores clave, entre ellos los medios de comunicación masivos, que obstaculiza que lleguemos a la verdad de los hechos. Los medios dependen más estrechamente de los grandes grupos económicos y eso también lo hemos visto en el mundo de la universidad y de la investigación científica. Se trata de sectores clave para una sociedad moderna y, sin embargo, cada vez son más dependientes del capital, para nuestra desgracia. La cosa se ha degradado tanto, y tan rápidamente, en tan solo treinta años, que su alcance se nos escapa. Lo que podemos hacer es intentar dar algunos pasos e ir creando condiciones para que haya movimientos mucho más organizados, masivos, conscientes, de gente que quiera transformar las cosas. Ese es el sentido fundamental que yo veo ahora mismo al esfuerzo que se está haciendo para intentar dar un giro importante hacia otra dirección en todas las áreas de la vida, también, por supuesto, en las instituciones que nos representan.

Jorge Riechmann. Por Nacho Goberna © 2015

Construir alternativas, proyectos de cooperación, de participación. Volver a recuperar conceptos como solidaridad, tan desprestigiados en las sociedades del lucro, esa es la idea con la que nos quedamos tras recorrer las páginas, las conclusiones, el compendio de lecturas al que nos acerca Jorge Riechmann en Autoconstrucción. Nos presenta, por ejemplo, la idea de Joaquim Sempere de construir espacios, sociedades más resistentes a los peligros que nos amenazan, y que el sociólogo denomina municipios en transición. Una experiencia a la que habrá que llegar tras entablar un combate cultural que someta a crítica el presente. Nos acerca a las teorías del decrecimiento que preconizan estilos de vida más frugales, que nos pueden seducir con la posibilidad de vidas más sencillas y locales. ¿Cómo convencernos de que el decrecimiento no implica menos bienestar, ni, por supuesto, menos felicidad? ¿Cómo recuperar el buen sentido de la palabra austeridad que tanto han desfigurado los neoliberales? ¿Queremos de verdad cambiar, autoconstruirnos? Son algunas de las preguntas que plantea el recorrido que nos propone Riechmann, un recorrido que nos induce a reflexionar, a luchar con nuestras propias contradicciones, resistencias e inconsistencias. He ahí su gran valor.

¿Podemos controlar la megamáquina capitalista, se pregunta el autor. “Si no podemos hacerlo, ¿se sigue de ello un retirarse a esperar la catástrofe, hacia la que avanzamos a toda velocidad? Por una parte, está la vieja posibilidad de poner palos en las ruedas, actualizada como echar arena entre los engranajes primero, y más recientemente como desconfigurar conexiones entre los circuitos (…) Por otra parte, subsiste la orientación general de fracasar mejor. El derrumbe de la Megamáquina será, lo sabemos, una espantosa tragedia: cabe trabajar por reducir en lo posible la inconcebible masa de sufrimiento, tanto el humano como el de las demás criaturas”, argumenta Riechmann, quien habla de comenzar ya a construir más botes salvavidas y a organizar las formas de cooperación solidaria que pueden reducir los costes del naufragio”. Catastrofismo, dirán algunos. Simplemente realismo, pensamos otros. Un realismo que nos lleva a visualizar en episodios de ciencia ficción cada vez más cercanos.


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Mensaje  Lidia el Miér Jun 24, 2015 7:07 pm

Nota de prensa, 23-06-15



LA TOTALIDAD DE LA POBLACIÓN Y EL TERRITORIO DE CASTILLA Y LEÓN SUFREN AIRE CONTAMINADO

La Junta de Castilla y León acumula una década de retraso en la elaboración de los preceptivos planes de mejora de la calidad del aire para reducir los elevados niveles de ozono



El Informe anual de Calidad del Aire en España de Ecologistas en Acción que se ha presentado hoy concluye que la totalidad de la población y el territorio de Castilla y León estuvieron expuestos durante 2014 a unos niveles de contaminación que superan las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el objetivo legal a largo plazo para la protección de la vegetación.



El tráfico en las ciudades y en las autovías que atraviesan la Comunidad y las grandes centrales térmicas de León y Palencia son las principales causas de la contaminación. Sin embargo, la Junta de Castilla y León continúa sin afrontar un problema que afecta a la salud de la ciudadanía, y también a los cultivos y espacios naturales regionales, con un alto coste económico.



El informe de Ecologistas en Acción recopila los datos de 60 estaciones de control de la contaminación pertenecientes a las redes de la Junta de Castilla y León, del Ayuntamiento de Valladolid, de EMEP y de distintas instalaciones industriales, y toma como referencia los valores máximos de contaminación recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el objetivo a largo plazo para la protección de la vegetación establecido por la Unión Europea.



De acuerdo a esos niveles recomendados, el aire contaminado afectó en 2014 a la totalidad de la población y territorio de Castilla y León, por concentraciones excesivas de partículas (los 750.000 habitantes de Aranda de Duero, Burgos, Miranda de Ebro, Palencia y Valladolid), de dióxido de azufre (los 525.000 habitantes de León, Palencia, El Bierzo y las Montañas del Noroeste de Castilla y León) y, sobre todo, de ozono troposférico (los 2,5 millones de habitantes de toda la Comunidad).



Si se toman los valores límite establecidos por la Unión Europea, la población que respira aire contaminado por encima de los objetivos legales se limita a los 33.000 habitantes del Valle del Tiétar y el Alberche, al sur de Ávila. No obstante, el objetivo legal también se ha superado en sendas estaciones de Villamuriel de Cerrato (Palencia) y la ciudad de Segovia, así como en la estación salmantina de El Maíllo; en todos los casos en relación al contaminante ozono.



La formación de ozono troposférico en la Montaña Sur de Castilla y León y en el Valle del Tiétar y Alberche (Ávila) aparece vinculada a las emisiones por el tráfico de contaminantes desplazados desde la aglomeración de Madrid. En verano, los vientos procedentes del Sur transportan la nube de contaminación de Madrid, aumentando los niveles de ozono a medida que se asciende por la Cordillera Central. Tras atravesar la Sierra de Guadarrama, la masa de aire contaminado por ozono mantiene niveles elevados en las provincias de Ávila y Segovia.



Ante esta situación, Ecologistas en Acción exige a la Junta de Castilla y León que redacte sin más dilación los Planes de Mejora de la Calidad del Aire para reducir la contaminación por ozono en las zonas afectadas. Estos planes son obligatorios según la legislación vigente, y deben contener el análisis de la situación y las medidas necesarias para revertirla lo antes posible. La Junta acumula ya una década de retraso en la elaboración de estos planes, perjudicando la salud humana y vegetal.



Respecto a los principales contaminantes urbanos (partículas y dióxido de nitrógeno), los ecologistas recuerdan un año más que los datos de las redes autonómica y del Ayuntamiento de Valladolid no resultan representativos de la contaminación atmosférica en la región, ya que las estaciones de control incumplen actualmente las condiciones de implantación de la normativa europea y española, al haberse desplazado desde calles de tráfico a zonas suburbanas o parques.



Las principales vías de actuación para reducir la contaminación del aire son la disminución del tráfico motorizado, la reducción de la necesidad de movilidad y la potenciación del transporte público. Es necesario además dar facilidades a la bicicleta en las ciudades. Así como la adopción generalizada de las mejores técnicas industriales disponibles y la reducción drástica de la generación eléctrica por centrales térmicas, en particular las que utilizan carbón.

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Mensaje  Lidia el Vie Oct 02, 2015 11:10 pm

Arcelor debe pagar medio millón de euros por la muerte por leucemia de un trabajador de baterías
El empleado falleció a los 32 años y el juez ve probada relación entre la exposición al benceno y la enfermedad

01.10.2015
S. F. ArcelorMittal ha sido condenada a pagar medio millón de euros por la muerte de un trabajador que sufrió leucemia tras haber estado expuesto durante años al benceno en las baterías de coque de Avilés. La sentencia del Juzgado de lo Social Nº 2 de Avilés considera probada "la relación de causalidad entre el trabajo desempeñado por el actor y la enfermedad que lo motivó, dado que consta que estuvo expuesto de forma continuada durante años al benceno, agente cancerígeno". Por ello, condena a la multinacional a abonar 479.985 euros, además de los intereses, a la viuda e hijo del fallecido como daños y perjuicios.

La demanda ha sido interpuesta por los servicios jurídicos de CCOO. El sindicato señala que "constituye un hito en el derecho laboral de la región y en la siderurgia asturiana". La condena señala que el trabajador no recibía medidas de protección.

El trabajador falleció en 2012, cuando contaba 32 años de edad. Sólo transcurrieron tres meses desde que se le diagnosticó la leucemia aguda de alto riesgo y su fallecimiento. La sentencia detalla que el operario de ArcelorMittal "prestó diferentes servicios de manera intermitente durante 2007 y de manera continuada a partir de 2008, hasta la fecha en la que le fue dictaminada la enfermedad que causó su muerte", afirma el sindicato.

Asimismo, el juez indica que el trabajador estuvo en contacto con el benceno de manera continuada mientras realizaba su labor en las baterías de coque de Avilés, una sustancia que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer considera un elemento cancerígeno catalogado del grupo 1 y que se absorbe por vía respiratoria o contacto con la piel.

Los servicios jurídicos de CCOO argumentaron que el trabajador estuvo expuesto de manera continuada al benceno y utilizaba cascos que no se encontraban certificados por el fabricante para la protección frente a hidrocarburos aromáticos o vapores orgánicos. Los trabajadores inhalaron el producto hasta 2012, fecha en la que la multinacional entregó cascos homologados.

Las medidas de prevención tampoco fueron las idóneas contra la contaminación dérmica, sostiene la sentenciaa, ya que hasta 2012 no había una norma que obligara al personal que operaba en baterías al cambio de ropa diario para evitar el contacto directo con la piel de manera prolongada.

Para la Sección Sindical de CCOO en ArcelorMittal se trata de una sentencia histórica en la siderurgia asturiana. "Tal y como hemos hecho hasta ahora nos mostraremos muy beligerantes para que la empresa adopte las medidas de protección necesarias que garanticen la seguridad y salud de sus trabajadores "

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Mensaje  Lidia el Miér Feb 10, 2016 11:34 pm


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Mensaje  Lidia el Jue Mar 10, 2016 3:58 pm


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Mensaje  Lidia el Sáb Mayo 21, 2016 7:32 am


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Mensaje  Lidia el Lun Jun 06, 2016 10:56 pm


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Mensaje  Lidia el Lun Jun 06, 2016 10:58 pm


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Mensaje  Lidia el Lun Jun 06, 2016 11:11 pm


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Mensaje  Lidia el Miér Jun 22, 2016 10:53 pm


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Mensaje  Lidia el Sáb Jul 09, 2016 8:19 am

La capa de ozono empieza a recuperarse
El agujero antártico se ha reducido en 4 millones de kilómetros cuadrados desde su máximo del año 2000

JAVIER SAMPEDRO
2 JUL 2016 -

El protocolo de Montreal está ayudando a ‘sellar’ el agujero de ozono. SCIENCE / VÍDEO: QUALITY
Han pasado tres décadas de incertidumbre desde que casi todos los países del mundo firmaron el protocolo de Montreal para prohibir los gases que destruyen el ozono atmosférico, y en octubre pasado hubo un susto cuando el agujero de ozono antártico batió un récord de inesperada gravedad. Pero las cosas han empezado a enderezarse. Los científicos han obtenido pruebas, por primera vez, de que la capa de ozono se está recuperando. Desde 2000, cuando alcanzó su máximo histórico (25 millones de kilómetros cuadrados), el agujero antártico se ha reducido en 4 millones de kilómetros cuadrados, más o menos la superficie de la Unión Europea (sin el Reino Unido).



Los investigadores también presentan evidencias de que la causa principal de la recuperación ha sido el protocolo de Montreal, es decir, la prohibición de los compuestos orgánicos clorados (clorofluorocarbonos, CFC) que se usaban en la limpieza en seco, la refrigeración y los aerosoles como desodorantes y lacas. La sustitución de estos compuestos por otros igual de eficaces pero inocuos para la atmósfera ha resultado, por tanto, de importancia capital.

Las evidencias muestran ahora que la causa principal de la recuperación ha sido la prohibición de los compuestos orgánicos clorados (CFC) que se usaban en la limpieza en seco, la refrigeración y los aerosoles como desodorantes y lacas

También hay fenómenos naturales que dañan el ozono, como la temperatura en las capas altas de la atmósfera y, sobre todo, las erupciones volcánicas. Esto ha complicado mucho las mediciones hasta ahora. De hecho, el agujero de ozono récord que se registró en octubre pasado se debió, piensan ahora los científicos, a la erupción del volcán Calbuco, en el sur de Chile. Los volcanes no emiten CFC, pero sí una gran cantidad de pequeñas partículas que ascienden a la atmósfera y favorecen las reacciones que destruyen el ozono.

Susan Solomon, una geóloga del MIT (Massachusetts Institute of Technology, en Boston) que fue una pionera de la investigación sobre la destrucción del ozono hace 30 años, presenta los resultados en Science junto a colegas del Centro Nacional de Investigación Atmosférica, en Boulder, y la Universidad de Leeds, en Reino Unido. El trabajo combina observaciones por globos y satélites con avanzados modelos matemáticos.

Solomon se muestra exultante. “Ahora podemos confiar en que las cosas que hemos hecho han puesto al planeta en el camino de la curación”, dice. “Eso dice bastante de nosotros, ¿no? ¿No somos asombrosos los humanos, que creamos una situación tras la que decidimos colectivamente, como mundo, que íbamos a eliminar esas moléculas? Las eliminamos, y ahora estamos viendo que el planeta responde”.

De hecho, el agujero de ozono récord que se registró en octubre pasado se debió, piensan ahora los científicos, a la erupción del volcán Calbuco, en el sur de Chile

La pérdida de ozono tiene unos efectos directos sobre la salud, porque ese gas es, en las capas altas de la atmósfera, la protección natural más importante contra la radiación ultravioleta de la luz solar, que causa cáncer de piel, cataratas y daños en el sistema inmune. Naciones Unidas estima que el protocolo de Montreal evitará dos millones de casos de cáncer de piel desde su entrada en vigor hasta 2030. La pérdida de ozono afecta a todas las latitudes, pero es más grave en los polos, y sobre todo en la Antártida, que es donde se mide la magnitud del agujero.

El agujero de ozono se descubrió en los años cincuenta, y su gravedad se confirmó en los ochenta. Las mediciones se han tomado desde entonces en los meses de octubre, cuando la primavera austral genera las condiciones óptimas para la destrucción del ozono en las capas altas. Solomon y sus colegas muestran ahora las ventajas de medirlo en septiembre, poco después de que la Antártida empiece a salir del oscuro invierno austral. La luz es necesaria para las reacciones que dañan el ozono.

PARÍS NO ES MONTREAL
J. S.
Ahora que resulta evidente que el protocolo de Montreal está consiguiendo sus objetivos, resulta inevitable comparar la situación del agujero de ozono con su hermano mayor, el cambio climático. En la conferencia del clima celebrada en París a finales del año pasado, 188 países certificaron la realidad del cambio climático, lo que supone un avance en un sector lastrado hasta hace poco por los climaescépticos. Pero París no es Montreal, y en ese caso queda mucho que hacer para empezar a ver signos de curación del planeta.

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Mensaje  Lidia el Jue Jul 28, 2016 6:12 am

La degradación del hábitat también fuerza el desplazamiento...

La mal llamada “crisis de los refugiados” ha puesto en el centro de atención el desplazamiento forzado y ha provocado un debate sobre quién tiene derecho y quién no a la protección que garantiza la legislación internacional para las personas refugiadas.

Nuria del Viso, de FUHEM Ecosocial. Revista Ecologista nº 89.

Existen numerosos factores que empujan a las personas a abandonar su hogar que podemos englobar en dos grandes bloques: las vinculadas a las guerras, los conflictos armados y la persecución -que se han considerado hasta ahora los supuestos legítimos para acogerse al estatuto de refugiado- y las vinculadas a la destrucción del hábitat donde la gente vive. Tal como señala Santiago Álvarez Cantalapiedra, “no son factores que actúan aisladamente, sino que se retroalimentan entre sí construyendo un entramado que incide sobre la población en una misma dirección” [1], esto es, la expulsión de los territorios que habitan.

El desplazamiento debido a la destrucción de hábitats, es una cuestión de la que se habla menos, pero que resulta preocupante por las dimensiones que puede alcanzar en las próximas décadas de continuar sin cambios drásticos en el ritmo de extracción de bienes naturales y emisiones.

La destrucción de hábitats remite a dos grandes causas. Por un lado, el deterioro ambiental debido a los impactos del calentamiento del planeta. El cambio climático ha empezado ya a mostrar sus dientes y a expulsar a miles de personas de sus hogares por aumento del nivel del mar, la desertización y otros factores asociados. Se estima que el calentamiento global genera ya entre 25 y 50 millones de desplazados cada año [2]. Con un aumento imparable de la concentración de carbono en la atmósfera –se superó las 400 ppm en 2015−, un incremento previsto de la temperatura de al menos 4ºC y las escasas o contraproducentes respuestas oficiales, se puede esperar que los desplazados climáticos se multipliquen en las próximas décadas -con cifras que varían según las fuentes- entre 150 y 700 millones de personas.

Por su parte, la ONU estima que el 70% de los desastres humanitarios actualmente están relacionados con el clima, en contraste con el 50% que se registraba hace dos décadas. Una cuestión de estas dimensiones no ha pasado desapercibida ni a la academia ni a los movimientos sociales, que han publicado varios análisis al respecto, y tampoco a la clase política, aunque hasta ahora no haya actuado.

Conflictos socioecológicos por megaproyectos

El segundo bloque de factores vinculados a la destrucción de hábitats que generan desplazamientos forzados es el relacionado con las causas de los llamados conflictos socioecológicos. En este apartado merecen especial atención los conflictos ligados a los megaproyectos: el extractivismo de la minería, los hidrocarburos o la agricultura industrial, el acaparamiento de tierras y la construcción de grandes infraestructuras como presas, carreteras o construcciones urbanas y periurbanas.

Todos ellos se vinculan a la sobreexplotación de materiales y energía de los que depende la sociedad de consumo de los países occidentalizados y que se obtienen con cargo a otros territorios -también llamadas “áreas de sacrificio” [3] -expuestas a graves impactos ecológicos en forma de contaminación de suelo, agua y aire de los que el sistema económico no toma responsabilidad y califica de “externalidades”. Todos ellos se asocian estrechamente a la expulsión de poblaciones.

Buena parte de las expulsiones se plasman en zonas de tierra y agua muertas. Los pobladores de los territorios en disputa se convierten en “obstáculos” a los negocios extractivos y son empujados a salir o condenados a malvivir con las consecuencias ecológicas derivadas de esas iniciativas. Con las expulsiones se obtiene, además del territorio, un ejército de reserva de mano de obra flotante listo para acudir a las fábricas deslocalizadas del Sur global o a cubrir ciertas bolsas de empleo precario en los paraísos-fortaleza del Norte.

Estas dinámicas profundizan la brecha de una ciudadanía selectiva y excluyente. Los slams, barriadas y favelas serían la otra cara del extractivismo expulsivo que hoy se practica. Los expulsados, los “desechables”, tienen muy difícil su reintegración; la expulsión se convierte en un estatus permanente.

En algunos casos, esta expulsión es directa, como en el caso de los acuerdos de tierra a gran escala, que implica para los y las campesinas la pérdida de territorio, o en el de la construcción de una presa y otras infraestructuras construidas en la Periferia Sur.

La explotación de los rescursos

En otros casos, como en la explotación minera, el agotamiento de la pesca o los impactos de las grandes extensiones de monocultivos sobre poblaciones cercanas, los efectos de la expulsión quedan a menudo invisibilizados por un deterioro de hábitat progresivo que se alarga de forma variable en el tiempo. Por ello, el desplazamiento se puede manifestar en forma de un goteo de personas, familias o comunidades. Se diluye así el vínculo entre causa y efecto hasta hacer prácticamente irreconocible su relación.

Sabemos mucho menos de este tipo de desplazamientos. De hecho, no disponemos de cifras globales ni de forma aproximada y lo que se conoce es información caso a caso [4]. Es difícil saber cuándo las poblaciones deciden que ya no aguantan más el agua contaminada por la mina, o cuál es el grado de agotamiento del suelo que recomienda cesar todos los esfuerzos y abandonar rumbo a la ciudad o más allá. Apenas disponemos de datos sobre cuántos de los migrantes que llegan a las ciudades o los que cruzan fronteras se han desplazado porque sus lugares de origen han quedado devastados. Pero todos ellos tienen en común la marca de la expulsión; rasgo que, como argumenta Saskia Sassen, es una de los síntomas más característicos de nuestro tiempo.

Actualmente, 60 millones de personas emigran a las grandes urbes cada año. Esa cadena de “microexpulsiones” de campesinos forma parte de la rápida urbanización mundial y muchos de ellos alimentan el grueso de la población que se asienta en los cinturones de las villas miseria que se extienden y consolidan en el Sur global. Según ONU Hábitat, cerca de 1.000 millones de personas habitan hoy en estos suburbios, pero esta cifra podría triplicarse en 2030.

Una vía esperanzadora para limitar el desplazamiento forzado por megaproyectos se abrió con la aprobación de la resolución del 26 de junio de 2014 en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU para obligar a las empresas transnacionales a respetar los derechos humanos de las poblaciones donde realizan sus actividades.

Las afectadas y afectados

¿Quiénes son los principales afectados y afectadas del desplazamiento ocasionado por estos proyectos extractivos? Razonablemente, hemos supuesto que se trataban de los más vulnerables y podemos considerarla una buena hipótesis de partida. Sin embargo, y aunque las elites está claro que no son las principales afectadas por el desplazamiento forzado, podrían no ser tampoco los más pobres entre los pobres.

Las investigaciones de Clark L. Gray, Sabine Henry, Douglas Massey y otros investigadores apuntan que “el desplazamiento por razones ecológicas puede ser temporal y producirse a distancias relativamente cortas”. Así lo apunta el estudio de caso sobre el impacto del tsunami de 2004 en Indonesia. Gray afirma: “Nuestros hallazgos indican que el tsunami causó altos niveles de desplazamiento de la población entre las comunidades afectadas, pero a diferencia de lo que se esperaba, la mayor parte de los desplazados se quedaron en su comunidad de origen o cerca de la misma, una gran proporción se quedó con amigos o familiares en vez de dirigirse a los campamentos de refugiados, y muchos volvieron a sus hogares a los pocos meses del tsunami.

Las poblaciones vulnerables, como los pobres, no mostraron mayor propensión a ser desplazados que otros”. Estas investigaciones introducen nuevas perspectivas sobre el perfil y comportamiento de las personas que se ven obligadas a desplazarse y lanzan una llamada de atención en torno a categorías o a hechos que podemos dar por supuestos y que pueden necesitar reexaminarse. En cualquier caso, la grave degradación ambiental que generan tanto los megaproyectos como el calentamiento del planeta podría suponer cambios en los patrones del desplazamiento forzado, obligando a trayectos más largos y más permanentes.

En este momento nos enfrentamos a, al menos, un doble desafío en materia de desplazamiento. Por una parte, existe un estatuto del refugiado que reconoce los derechos de aquellos que tienen que huir por persecución o conflicto, y les ofrece protección en terceros países. En este sentido, diferentes autores y movimientos sociales defienden la necesidad de ampliar tal protección a los nuevos tipos de desplazamiento forzado que están surgiendo. Sin embargo, por otro lado, la protección que hasta ahora se había garantizado a los que podían acogerse al estatuto de refugiado vive sus horas bajas. Como estamos viendo en Europa, se recorta, desvirtúa o directamente se ignora la protección de miles de personas y se niegan los derechos reconocidos por la legislación internacional.

En este contexto, si bien existe cierta concienciación sobre la emergencia de una nueva categoría de desplazados forzados por causas ambientales vinculada al cambio climático y se extiende progresivamente la idea de que es necesario dar una respuesta a estos desplazados, es mucho menos reconocido el desplazamiento que generan los megaproyectos; cuando ni siquiera se reconoce el vínculo entre causa y efecto, resulta improbable que los desplazados de los conflictos socioecológicos reciban alguna protección. Como se mencionaba más arriba, la aprobación de la resolución de la ONU sobre derechos humanos y transnacionales es una nota positiva, aunque ni está asegurado su éxito ni su rápida materialización. Mientras tanto, ¿dónde quedan los derechos de las y los desplazados forzados por la acción de los megaproyectos?

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Mensaje  Lidia el Miér Ago 03, 2016 5:24 pm


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Mensaje  Lidia el Dom Sep 11, 2016 10:14 pm

El impactante hallazgo sobre la contaminación en cerebros de personas que vivieron y murieron en la Ciudad de México
Escrito en 09 Septiembre 2016.



Los desechos tóxicos de la contaminación del tráfico pueden, literalmente, llegar a tu cerebro.

Al menos eso se desprende de la evidencia presentada en un estudio realizado en muestras de tejido cerebral.

Investigadores de la Universidad de Lancaster, Inglaterra, descubrieron que pequeñas partículas de metal que se desprenden de los gases de escape de la combustión pueden introducirse por la nariz y viajar hasta el cerebro humano.

Una vez allí, sugieren los científicos, pueden causar daños en el cerebro y contribuir, por ejemplo, a la enfermedad de Alzheimer.

El hallazgo, afirman los investigadores, presenta una nueva serie de preguntas sobre los riesgos de la contaminación ambiental en la salud.

"Impactante"

Varios estudios en el pasado se han centrado en el impacto del aire contaminado en los pulmones y el corazón.

Pero ésta es la primera vez que una investigación se centra en el efecto en el cerebro.

Para el estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Science (PNAS), los científicos analizaron muestras de tejido cerebral de 37 personas: 29 de ellas, de entre 3 y 85 años, habían vivido y muerto en la Ciudad de México, una zona notoriamente contaminada.

Las otras ocho personas habían vivido en Manchester, Inglaterra, tenían entre 62 y 92 años, y algunos habían muerto a causa de enfermedades neurodegenerativas de diversos grados de gravedad.

Ya se sabía que las nanopartículas de hierro pueden estar presentes en el cerebro, pero por lo general se asume que éstas provienen del mineral que se encuentra de forma natural en nuestro organismo y que se deriva del alimento.

Pero lo que los investigadores encontraron ahora son partículas de otro tipo de mineral, la magnetita.

La profesora Barbara Maher, principal autora del estudio, ya había identificado partículas de magnetita en muestras de aire recogidas junto a una calle transitada en Lancaster y frente a una planta de energía.

Sospechaba que estas mismas partículas podrían encontrarse en las muestras de cerbero. Y eso fue lo descubrió.

"Fue muy impactante", le dijo la científica a la BBC.

"Cuando estudiamos el tejido vimos las partículas distribuidas entre las células y cuando hicimos una extracción de la magnetita había millones de partículas, millones en un solo gramo de tejido cerebral".

"Esas son millones de oportunidades para causar daños", afirma.

Orígenes

Para comprobar que las nanopartículas provenían de los gases de escape de la combustión, los investigadores analizaron la forma de la magnetita.

Este mineral también puede estar presente en el cerebro de forma natural, pero en pequeñísimas cantidades, y tiene una forma distintivamente dentada.

Las nanopartículas que se encontraron en el estudio, sin embargo, no sólo eran más numerosas, sino también lisas y redondas.

Según los investigadores, son características que sólo pueden crearse en las altas temperaturas del motor de un vehículo o los sistemas de freno.

"Son formas esféricas y tienen pequeñas cristalitas alrededor de su superficie, aparecen junto con otros metales, como el platino, que surgen de los convertidores catalíticos", explica la profesora Maher.

"Es la primera vez que vemos estas partículas de contaminación dentro del cerebro humano. Es un hallazgo que plantea toda una nueva área de investigación para entender si estas partículas de magnetita están causando o acelerando enfermedades neurodegenerativas", agrega.

El estudio no mostró resultados concluyentes al respecto.

Los cerebros de los donantes de Manchester, especialmente los que habían muerto de trastornos neurodegenerativos, tenían niveles elevados de magnetita.

En las víctimas de la Ciudad de México se encontraron niveles similares o más altos.

El nivel más alto de magnetita se descubrió en un hombre mexicano de 32 años que murió en un accidente de tráfico.

¿Riesgo de Alzheimer?

Las partículas grandes que desecha la contaminación, como el hollín, pueden quedar atrapadas dentro de la nariz. Otras más pequeñas pueden entrar a los pulmones, y las más pequeñas pueden llegar hasta la corriente sanguínea.

Pero se piensa que las nanopartículas de la magnetita son tan diminutas que pueden pasar desde la nariz y el bulbo olfatorio hacia el sistema nervioso y hasta la corteza frontal del cerebro.

Algunos expertos creen que esto podría ser un "riesgo importante" de desarrollar enfermedades neurodegenerativas, como Alzheimer, pero por ahora, subrayan, no se ha comprobado que exista un vínculo.

"Este estudio ofrece evidencia convincente de que la magnetita procedente de la contaminación ambiental puede entrar al cerebro, pero no nos dice qué efecto tiene esto en la salud de nuestro cerebro o en trastornos como la enfermedad de Alzheimer", afirma la doctora Clare Walton, de la organización Alzheimer's Society.

"Las causas de la demencia son complejas y hasta ahora no ha habido suficientes estudios que muestren si vivir en ciudades y en áreas contaminadas incrementa el riesgo de demencia".

"Se necesitan más investigaciones al respecto", asegura la experta.

Prevención

La profesora Barbara Maher -que dirigió el estudio de Lancaster- afirma que su hallazgo la ha forzado a llevar cambios en su estilo de vida para evitar, en lo posible, la contaminación.

"Debido a que la magnetita es tan tóxica para el cerebro, me ha hecho ver la atmósfera que respiro de forma diferente", le dijo la investigadora a la revista New Scientist.

"Si camino en una calle muy transitada me alejo todo lo que puedo del borde del andén".

"Si camino una calle inclinada, cruzo hacia el lado donde el tráfico va hacia abajo. "Los vehículos que van de subida generan más materia particulada".

"Si estoy manejando, nunca me paro justo detrás de un auto. En tráfico pesado la mejor opción es tener un aire acondicionado en modo de recircular. Y siempre elijo mi ruta para transitar por las calles alternativas", afirma la investigadora.

Lidia

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Mensaje  Lidia el Dom Oct 23, 2016 4:36 pm


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